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La dictadura de la felicidad

En los tiempos que vivimos, ser feliz parece haberse convertido en una obligación. Cada día surge una nueva técnica, estrategia o ‘terapia’ que nos promete una felicidad continua. Muchas de ellas intentan hacernos responsables únicos de esa felicidad. José Miguel Barahona Martínez, psicólogo clínico de nuestro Hospital, reflexiona en este artículo sobre la búsqueda de la felicidad. Además, habla del temor al dolor emocional y el gran mercado que se ha creado en torno a este tema.

La llamada psicología positiva fue un movimiento necesario ante la deriva filosófica del pasado siglo. Está caracterizado por un enfoque centrado en la enfermedad y lo disfuncional, en la carencia y la patología. Fue un giro copernicano que permitió el desarrollo de la prevención en los modelos de salud, con el foco puesto en las fortalezas y virtudes de cada persona.

Pero a veces lo que comienza siendo una reacción sana y necesaria puede convertirse por sus excesos en un peligro para quien lo recibe. Desde luego que la felicidad es una aspiración legítima. Se trata de una guía para dirigir los pasos de cada cual hacia lo que necesita para crecer y encontrarse bien. Es algo más que la ausencia de dolor y bastante más que la consecución del placer. Una obsesión del pensamiento humano desde que nuestros ancestros pudieron satisfacer sus necesidades más básicas de supervivencia y seguridad.

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‘Alergia’ al dolor emocional

Las religiones, la filosofía y la psicología se han dirigido por caminos paralelos -que a veces se han encontrado con más o menos éxito- a la búsqueda de la felicidad. Y atendiendo a la demanda social de felicidad también la medicina y la industria farmacológica han orientado la investigación a perseguirla.  Pero es peligrosamente común en nuestro tiempo y entorno una nueva alergia, la alergia al dolor emocional: ante la tristeza, el miedo o la irritación se nos insta a “estar bien” en un intento de alcanzar un bienestar inmediato.

Y si el que sufre inmediatamente no cambia se le señala como único responsable de su malestar. Se le deriva a su médico de familia o directamente a psiquiatras y psicólogos. Intentamos adjudicarle una solución inmediata en forma de medicación o pautas de conducta. Asumimos que la ansiedad o la tristeza son de por sí patológicas y no una respuesta adaptativa de nuestro organismo ante situaciones que nos conviene atender. Nos empeñamos en atajar la búsqueda de soluciones personales con pseudoterapias que nos prometen alcanzar la felicidad en tres sesiones, o inundamos a quien sufre de mensajes positivos y frases de autoayuda tan superficiales como inútiles.

Lo que sea con tal de no escuchar el malestar. ¿Cuántos de nosotros ante decepciones vitales nos vamos de compras? ¿Cuántas veces aplazamos las ganas de llorar con la sobreestimulación de pantallas y ruido? Ante el dolor nos dejamos encantar por charlatanes que nos prometen milagros. Nos entregamos gustosos a conductas adictivas (el juego patológico, el abuso de alcohol, drogas o psicofármacos). O nos embarcamos en relaciones disfuncionales o proyectos económicos ruinosos.

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Emociones, ni positivas, ni negativas

Y lo más perjudicial es desatender las emociones -mal llamadas- “negativas” (la tristeza, la ansiedad o el enfado). Desatenderlas es como conducir un coche a toda velocidad haciendo caso omiso de una luz de emergencia que de pronto se ilumina en el salpicadero del vehículo. Si no nos hacemos cargo del problema y seguimos conduciendo como si tal cosa, podemos tener un accidente serio, como mínimo averiar el motor. No hay emociones negativas, hay emociones. Y son lo que nos permite ir por la vida haciéndonos cargo de lo que nos sucede.  Son un mecanismo básico y adaptativo que nos informa y nos prepara para actuar y funcionar de la manera más eficaz posible ante lo que nos ocurre.

Aceptar el dolor

Asumámoslo, el dolor en la vida es inevitable. Es el precio que pagamos por estar vivos. Por implicarnos en relaciones significativas, por desear, soñar e ilusionarnos con proyectos nuevos. Por perseverar en nuestros objetivos. Y la actitud de evitación de este dolor implica caer en algo mucho peor. Como en un sufrimiento que además supone andar por el mundo dando palos de ciego.

Aceptemos un hecho: no podremos resolver todos los problemas que encontremos. No podremos conjurar todos los peligros que nos acechan. No podremos solventar todas nuestras necesidades con esfuerzo y voluntad. Nuestra capacidad de adaptación y respuesta tiene límites y estamos expuestos a la enfermedad, el sufrimiento, la pobreza y finalmente la pérdida de los que amamos y de nuestra propia vida. Y suponer que la fuerza de voluntad y el esfuerzo personal son suficientes para sobreponerse a todo lo mencionado, temo que sea ingenuidad o perversión. La ingenuidad es poco preocupante porque en general se cura con la experiencia. La perversión es más resistente porque obedece a otro motivo: hacernos pensar que somos los únicos responsables de nuestra felicidad. Sin tener en cuenta que las circunstancias externas no son tan importantes. Y que debemos ser tolerantes hacia la desigualdad, la falta de derechos y la injusticia.

No podemos aspirar a ser plenamente felices de manera continuada, y transmitir la posibilidad de lo contrario obedece a una lógica perversa: si usted no logra ser feliz siguiendo nuestros consejos será culpa suya, algo ha de fallar en usted para no alcanzar a lo que aspira.

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La felicidad como obligación

Parte de la infelicidad surge de la frustración de deseos excesivos. Viene de la imposibilidad para quedarnos quietos con la creencia de que el momento siguiente o el próximo deseo que se cumpla, será lo que nos traiga la felicidad que buscamos. Y para alcanzar una existencia plena parece que además se necesita mantener relaciones significativas con los que nos rodean. Además de cultivar la espontaneidad, la creatividad y también la capacidad para ponerse límites, desapegarse y saber renunciar a lo que ya no nos sirve. Y esto último es algo que no se menciona entre aquellos que nos venden la felicidad como quien vende coches o un perfume.

Vivimos rodeados de ofertas para satisfacer deseos artificialmente creados. Hay un mercado que se ofrece encantado a compensar las inevitables experiencias de frustración y privación. No hay vida que no implique carencias porque ser humano es sentirse incompleto, insatisfecho. Se nos promete una felicidad completa y continua desde el consumo de libros de autoayuda a terapias milagrosas que presuntamente nos harán mejores y más felices… Y la realidad es que no todo es posible. Y que sobre todo, podremos vivir con ello.

La felicidad puede ser una aspiración, insisto, pero no un mandato. Es una nueva exigencia que se acumule con todos nuestros ya demasiados “debo ser” de turno. No está de más recordar que no tenemos que ser felices siempre ni tenemos por qué hacerlo solos.

 

 

Contenido validado por el José Miguel Barahona Martínez, psicólogo clínico del Hospital Universitario de Torrejón



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AGENDA | Próximos eventos de Salud Mental

  • salud mental 19/05/2019 | Salud Mental

    El Servicio de Salud Mental del Hospital Universitario de Torrejón realizará una charla al finalizar la 18ª ruta del Camino de Cervantes en el Ayuntamiento de Mejorada del Campo.

  • corazón 06/05/2019 | Experto Ictus

    Cambios emocionales y afectivos post ICTUS

    Sesión el 6 de mayo de 2019 a las 16:00 en la Sala de Formación del Hospital dentro de la Escuela de Experto en ICTUS

    • Cambios emocionales y afectivos post ICTUS. Servicio de Psiquiatría
    • Sesión de Risoterapia. Servicio de Salud Mental

     

  • salud mental 26/04/2019 | Manejo del estrés. Técnicas de relajación y motivación.

    El Psicólogo clínico, José Miguel Barahona y la enfermera Nuria González, miembros del servicio de Salud Mental del Hospital Universitario de Torrejón, impartirán la charla ” Manejo del estrés. Técnicas de relajación y motivación”, dentro de la escuela de pacientes de cardiología el 26 de abril a la 13.00 horas en el aula de formación situada en la primera planta junto a la biblioteca.