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Un selfie para «ser alguien»

Hace varios siglos, en la Edad Media, lo importante “para ser alguien” era preservar el honor propio. Una persona era lo que los demás decían de él o de ella; por eso que hablasen bien de uno mismo era tan importante que una afrenta al honor podía resolverse en un duelo con la propia vida.

Hoy en día, en el siglo XXI, lo que necesitamos es estar en las redes “para ser alguien”. La sociedad nos dice que valora la imagen por encima de la esencia misma de cada persona. Por eso, para muchas personas lo que muestran en su cuenta de Instagram o en su estado del whatsapp es tan importante. Controlar la imagen que muestran a los demás se convierte en su “marca personal”. Al igual que hace siglos el honor iba por delante de la propia persona, ahora es su imagen o su marca personal. Y como entonces, algunas terribles veces eso termina pagándose con la propia vida.

Visualicemos otra escena que nos permita simplificar el comportamiento humano para entendernos. Como es verano, visualicemos que encendemos una bombilla en el porche de la casa del pueblo y que al rato, algunas polillas revolotean alrededor de la lámpara. Atraídas por la luz, no pueden dejar de acercarse como hipnotizadas hasta que el brillo incandescente se convierte en su trágico final.

¿Tanto brilla el honor o la imagen de una persona como para cegarnos hasta la muerte?

La respuesta, por desgracia, la tenemos en las 50 personas que fallecen cada año realizándose selfies arriesgados. Precipitaciones, atropellos…al intentar mostrar el selfie perfecto que deslumbre a sus conocidos, a sus seguidores, o incluso a todos los extraños que se quieran asomar por las redes sociales. Aquel selfie que, por fin, muestre al mundo que tú marca personal es la más especial, la más bella, la más intrépida, la más resplandeciente.

La cuestión es que su sacrificio realmente no habrá valido la pena porque apenas le importará a nadie. El fogonazo de su muerte apenas durará un instante y luego la gente pasará a la siguiente pantalla. Es el problema de construir la propia autoestima en base a la valoración de los demás y no a la propia: la autoestima es demasiado líquida y no nos sostiene.

¿Todo vale por un selfie?

Tomarse un selfie y compartirlo no es malo en sí mismo sino que, como cualquier otra conducta, se torna perjudicial cuando no hay una proporción entre nuestro ego y la realidad. Ejemplos de ello, cuando tomamos con frivolidad un selfie en un escenario de muerte y crueldad como Auschwitz o, cuando compulsivamente mostramos intimidades que no expondrían a los demás si no mediase una pantalla de por medio. O, por supuesto, cuando nos colocamos al borde mismo de la muerte para mostrar al mundo que nosotros somos dioses. Hasta que la realidad nos devuelve a nuestra condición de animales, a veces racionales.

La humanidad ya creo un mito para intentar prevenir a sus gentes sobre estas cuestiones. Así que recordemos como Narciso disfrutó anticipando las reacciones de asombro y envidia de los demás al contemplarle, y fantaseó con el que dirán y pensarán sobre su belleza. Se regocijó en sus propias elucubraciones hasta que cayó en el estanque en el que se contemplaba y terminó ahogado. Y es que el riesgo de embelesarse con el falso ego acompañada a la humanidad desde hace miles y miles de años. No es nuevo, ni surgió con los selfies. Sólo cambió de forma.

 

Texto escrito por el doctor Manuel García Mayo, psiquiatra de servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario de Torrejón.



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